El cielo que cae

Aquella noche, nunca sería olvidada por los habitantes del pueblo Areen. Su habitual calma fue golpeada por una fuerza misteriosa que nadie pudo sentir. Se introdujo en las calles como un viento fúnebre y gélido en una noche de invierno, apagando las llamas de cada farolillo colgante de las fachadas de madera y perturbando la tranquilidad de los animales hasta colarse en los hogares de cada rincón.

En el paso de Taaden, entre las altas montañas al norte de los pueblos llanos de Veremar, la nieve caía incesante y con viveza. A medía noche, su ladera dormía bajo un manto blanco y uniforme de un metro de grosor.

—Mamá, tengo mucho frío. —dijo el pequeño Ádrisan.
Su madre lo abrazaba con fuerza, buscaba la forma de que, entre sus brazos, no entrase ni una pizca de frío.
—Tranquilo hijo mío, pronto la tormenta calmará y nos iremos a la posada del tío Saleem a comernos un pan de miel con leche fresca.
—No puedo oírte bien mamá, creo que… creo que el viento se ha enfadado con nosotros. —Su temblorosa voz se notaba cada vez más débil, la nieve comenzaba a endurecer sus pieles bajo el escaso abrigo de un árbol cuyas ramas, crujían por el peso y el viento.

El invierno en la región de Veremar era duro y despiadado, pocos eran los que se atrevían a coger los caminos de las montañas en la noche cuando las ventiscas perpetuas azotaban con una fuerza endemoniada. Nada se podía ver ni oír, salvo el zumbido inagotable del viento blanco atravesando los pasos angostos.

Unas horas antes, Ádrisan dormía junto a su madre en una pequeña cabaña que había junto al establo de su abuelo. Desde el incidente con su amiga Liribeth no podía conciliar un sueño tranquilo y aquella noche no era distinta, las pesadillas lo atormentaban con los recuerdos de aquel día que volvían una y otra vez como si quisiera enviarle un mensaje. Pero esta vez no fue eso lo que lo despertó, si no los gritos del exterior.
El y su madre se sobresaltaron por igual, se oían golpes, destrozos, quejidos… aquel pueblo solía ser tranquilo y no entendían lo que estaba sucediendo. ella se envolvió en pieles para salir y echar un vistazo, le dijo a su hijo con voz tranquilizadora que se vistiera y esperase dentro. Abrió la puerta y un golpe de aire helado entumeció su cara, avanzó unos pasos a través de la espesa capa de nieve y siguió hasta una esquina donde se asomó descubriendo un caos sobrecogedor.

Las gentes corrían y luchaban contra algo que apenas se podía ver, eran como una especie de forma humana invisible que se podían adivinar por los retazos de nieve y hielo que los envolvían. Se movían rápido, levantaban a los hombres con una facilidad asombrosa para luego tirarlos contra el suelo, se convertían en remolinos fugaces de nieve que atravesaban todo a su paso, destruyendo las casas de madera como si estuvieran hechas de hojas secas, desaparecían desplomándose entre el blanco suelo y volvían a surgir del mismo en otra parte, para seguir destruyendo y matando.

Volvió tan rápido como pudo a la casa, donde Adrisan esperaba sentado en el camastro vestido y temblando. Su madre lo cogió de la mano y casi a rastras se lo llevó al establo, ella montó a uno de los caballos y de repente, escucharon un fuerte golpe cerca de allí. Extendió los brazos para agarrar a su hijo.
—Madre, he olvidado mis piedras.
—Dame la mano Adrisan, no hay tiempo para eso, debemos irnos. —Le gritó al tiempo que lo cogía y lo sentaba delante de ella.
Salieron a galope tendido, su casa junto al establo estaba más alejada del resto y eso les dio ventaja, siguieron el camino marcado por los surcos recientes de otros carruajes hasta salir de Areen. Por esa senda no tenían más opción que dirigirse hasta el pueblo de Taaden Alto, pero eso les obligaría a cruzar el paso de la montaña.

Bajo el Árbol y en mitad de la montaña, no había más vida que la de ellos dos y la de la propia tormenta. La madre de Adrisan tomó un poco de nieve para derretirla en su boca y después, pegando sus labios a los del pequeño le dio de beber. Pensó en por qué diablos no había tomado el camino del río hacia el sur, pensó en su marido, que como de costumbre, no estaba cuando más lo necesitaba, pensó en el pobre Targot, un caballo rápido y valiente, que aún habiendo cabalgado por innumerables caminos, no pudo sortear aquel tronco escondido bajo la nieve.

La cortina de nieve bailaba en torbellinos de una lado hacia otro, el polvo blanco, azotado por un dios que parecía furioso, apenas dejaba ver nada más allá de sus pies. El frío le impedía moverse más de lo necesario y no sabía cómo hacer entrar en calor a su hijo, sentía que su vida se escapaba entre sus manos, lo frotaba con brío por todo el cuerpo, palpaba su pecho para sentir su corazón, sacudía las pieles y lo volvía a cubrir. Su esperanza comenzaba a desvanecerse.

Adrisan temía que una ráfaga de viento se lo llevara volando y luego no pudiera encontrar a su madre, la agarraba con fuerza con la certeza de que así ningún mal podría llevárselo, de que aguantaría lo suficiente hasta que alguien los rescatara, pero pensó, que nadie se atrevería a salir a buscarlos con una tormenta tan aterradora.
Entre un ruido que lo angustiaba y lo mantenía alerta, escuchó una voz distante, parecía que viajaba a través del viento y la montaña hasta llegar a su oído.
—¿Oyes eso mamá?, la montaña me habla! —dijo susurrando y mirándola a los ojos.
Su madre lo volvió a cubrir, comenzó a llorar desesperada.
Adrisan repitió una y otra vez las palabras que oía a su alrededor. —Emerge de entre sombras, así como las flores negras, la dama del bosque para saldar su deuda.

Al cabo de un rato, una súbita calma envolvió a la montaña, la tormenta se alejó de allí dejando un cielo sedoso y en calma. Los dos pudieron al fin levantar la cabeza y el silencio les dio una ansiada tregua. La madre puso a su hijo a un lado, intentó incorporarse pero no pudo, hizo un gesto de dolor seguido de un grito ahogado y se echó la mano al costado, se golpeó fuertemente cuando cayó del caballo, el frío y la necesidad urgente de resguardarse, no le permitió preocuparse por su dolencia, pero ahora se notaba como astillas clavadas en su estómago. Adrisan la abrazó.
—Mama levanta. —le dijo.

En ese instante, Frente a ellos y atravesando la oscuridad con sigilo, apareció un lobo gris con la mirada clavada en el pequeño, sus dientes asomaban brillando tanto como la nieve, era grande, corpulento y sus zarpas hacían crepitar el suelo a su paso. Los dos se quedaron inmóviles, atentos a su movimiento, temiendo la peor suerte.
—Un lobo mamá, que nos va… que nos va ha hacer. —dijo el niño al tiempo que se resguardaba entre los brazos de su madre.
Ella lo miró con extrañeza, se percató de una mancha negra en forma de flor que el lobo tenía en el entrecejo.
—No hijo mío, es una loba, es una dama del bosque —dijo sobrecogida— no temas.

El lobo se acercó hasta el niño sobrepasando su altura dos veces y luego se inclinó ante el, agacho la cabeza y postró el hocico a sus pies, trajo consigo un aura de placentero calor y una esperanza que la madre entendió en aquel momento.
«No hay tiempo, vete, no hay tiempo», la voz distante volvió a manifestarse.
El viento comenzaba a resonar de nuevo en la distancia, el pequeño negaba con la cabeza y entre lágrimas abrazó a su madre, ella lo aparto y le miro a la cara, se la limpió y acomodó sus pieles.
—Mañana verás como la luz lo envuelve todo de nuevo, no temas hijo mío, él te llevará lejos de aquí, yo iré después, se fuerte como te enseñe, busca a tu tío Saleem, el sabrá lo que hacer. —Lo besó en la frente y lo subió a lomos de la loba que se incorporó al instante—Agárrate fuerte hijo.
Adrisan rodeo con sus brazos al lobo gris y lo agarró con toda sus fuerzas, se alejaron perdiéndose en la oscuridad en un abrir y cerrar de ojos.

Con cierto gesto de alivio unido a un dolor que deseaba que llegara a su fín, se quedó allí, postrada bajo aquel árbol ya sin ramas, no aguantaba mas, hizo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse con vida, para protegerlo. saco de su bolsillo unas pequeñas piedras de diferentes colores y formas, las sostuvo en la mano y las miro por un rato, su hijo decía que tenían formas de animales y que si alguna vez se perdía y no podía encontrar el camino a casa, ellos lo guiarían hasta su madre, cerró el puño con fuerza, el cielo cayó de nuevo sobre ella y se dejó vencer por la interminable tormenta de nieve.

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