El monstruo que llevo dentro

Todo ser humano, tiene el privilegio y la oportunidad de poder visitar sus recuerdos, de recurrir a ellos cuando más se necesita, para buscar consuelo o para revivir momentos exiliados en un pasado al que no se puede retornar. ¿Pero qué ocurre con aquellos a los que se les ha desprovisto de su humanidad. Necesitan esos recuerdos. Viven, al igual que el resto, a través de ellos?

Han pasado cien años desde aquel día, tal vez más… sí, seguramente algunos más. El tiempo ya no tiene sentido para mí, a decir verdad nunca lo tuvo, pero ahora, se ha convertido en un vórtice sombrío y lleno de recuerdos que turban cada una de las noches en las que paseo por esta ciudad. Una voluntad exigua que me hace regresar una y otra vez, un camino que desemboca siempre en el mismo lugar.

La luna se esconde entre las nubes a mi paso por la calle Linwood. Un camino de piedra oscura entre casas idénticas, monótono y silencioso. No oigo más que el sonido de mis pasos a través de un aire estancado en el pasar de los años. Huele a humedad, a vapores contaminados. El desgaste del tiempo ha dejado sus cicatrices en las fachadas de ladrillo, en el metal oxidado de sus rejas y puertas. Tras ellas se esconden secretos, historias de vidas enteras que se han relevado por otras. Puedo sentir la sangre de los que me observan en silencio, su miedo. Una mujer cierra la ventana con cautela mientras avanzo. Quizás en otro momento, ahora no tengo sed.

El camino se estrecha justo antes de abrirse en una plaza circular en cuyo centro, se alza la estatua de un Arcángel en piedra tallada; Un símbolo ligado a nuestra cultura ancestral. Le falta un ala y el rostro está fracturado, Aún así, conserva parte de su majestuosidad. Al otro extremo de la plaza, un sendero de hojas secas encerrado entre árboles legendarios conduce hasta lo que un día tuve inmensa fortuna de llamar mi hogar. Para alguien como yo, la idea de tener una vida similar a la del resto de los mortales era inconcebible. Pero ella… lo cambió todo.
El sendero acaba ante una gran puerta de madera. “Mansión Desmond “, aún puedo leer el relieve. Al girar la llave, un torbellino de imágenes invade mi cabeza; Mi dulce Naevia, Su precioso pelo castaño, mis manos sobre su cuerpo desnudo, el piano, su música, aquel día… Entonces lo recordé todo.

Era una agradable y cálida noche de Julio. Naevia contemplaba las estrellas desde la azotea que había en la torre más alta de la mansión, me acerqué sigilosamente por detrás, llevaba aquel vestido celeste que adornaba su figura con finos bordados, su pelo ondeaba al viento dejando libre su cuello ante mí, la rodee con mis brazos por la cintura y la bese en su hombro desnudo. Apenas se sobresaltó, sonrió con delicadeza y se dejó balancear por mi.

—¿Siempre tienes que subir tan alto para inspirarte? —Le susurré.
—Sabes amor mío, que de aquí han salido mis mejores composiciones.
—Eso no te lo puedo discutir. —me puse frente a ella obstaculizando su visión del profundo cielo.
—Este lugar en concreto… —Hizo una pausa, apartó mi cara con su mano para que le dejara ver las estrellas— tiene algo mágico, esos destellos en el cielo son como notas musicales, todas ellas desordenadas, esperando a que alguien las comprenda y las ordene en un pentagrama.
—Entonces prefieres mirar…
—¿Qué ocurre Amor? —Naevia me agarró del brazo, me conocía demasiado bien.
— algo se acerca.

La aparte de mi lado y miré hacia la calle Linwood, unas sombras se acercaban a una velocidad extraordinaria, volaban y zigzagueaban a ras del suelo, apagando todo rastro de luz a su paso. en un abrir y cerrar de ojos irrumpieron en la casa destrozando las ventanas. Recuerdo a Naevia observando mi pálido rostro oscurecerse como la noche más oscura, hacía mucho tiempo que deje de ser esa criatura, con la boca desencajada y los colmillos liberados con ansia de carne. Le pedí que se quedara allí, ella asintió ante mi regia voz. Nunca debí de de haberlo hecho, tenía que haberla llevado conmigo.

Salté por el borde de piedra y caí ante la entrada, afiné mis sentidos y pude notar la presencia de un par de neófitos; su descontrolada sed los hacía torpes, descuidados, no serían un problema para mí. Pero uno de ellos era diferente, se mantenía sereno, su olor me resultaba familiar. Entré sorteando los destrozos de la puerta, nadie seguía mis pasos. El intruso estaba junto al piano de la sala contigua, mirando por un gran ventanal con vistas al jardín; lugar de mi descanso, de una paz inalterable que nacía de aquel piano de cola azabache cuyas notas sonaban como algo mágico en las manos de Naevia. Profanado por un motivo que desconocía. Llevaba una larga túnica roja, sus manos se cruzaban moderadamente en su espalda. Se dio la vuelta, su gesto pretendía ser amigable, cortés y elegante como solía ser. Artemai, un viejo conocido.

—¿Que quieres de mi Artemai? no has debido entrar así en mi hogar.
—Disculpa mis formas Naeem, viejo amigo. Hace demasiado tiempo que no sabemos de tí. Desapareciste de una forma un tanto… oportuna. —Comenzó a caminar despacio mientras hablaba, mirando a todos lados— nunca imaginé que tu plan fuera instalarte en un “hogar”.
—Hice todo lo que se me ordenó, cumpli con mi cometido y ahora soy libre, no os debo nada.
—Eso no es del todo cierto Naeem, te llevaste algo que no te pertenecía. —Su mirada se fijó en mí, desafiandome.— Los Ministros lo saben y lo quieren recuperar.
—Aquí no hay nada para tí, vuelve a la sombra de la que has venido.
—No seas necio, ¿acaso crees que puedes entender el poder de ese artefacto?, sobrepasa tu entendimiento.

Pasó en poco más de un segundo, mi sentidos se alertaron de una forma que nunca había experimentado, cada músculo y cada fibra de mi cuerpo se entumeció, sentí, por primera vez en mucho tiempo… miedo. Acto seguido, un grito bañado en lágrimas invadió mis oídos, Naevia caía desde la torre, se precipitaba contra el suelo haciendo sonar su vestido contra el viento. Miré hacia la ventana y corrí para llegar hasta ella, me disipe en el aire para atravesar cualquier obstáculo, pero esos malditos neófitos se interpusieron, intentaron agarrarme, su torpe destreza resultaba inútil y los hacía predecibles, Aún estaba a tiempo, ella caía ante mí, Partí sus cuellos antes de que pudieran siquiera reaccionar. Llegué tarde, mis manos rozaron su cabello intentando agarrarla, pude sentir su último aliento de vida antes de que su cuerpo llegara hasta el suelo. En aquel preciso instante todo se rompió, mi mundo, mi hogar, su frágil cuerpo. Grité tan fuerte que llovió cristal alrededor de la mansión. Artemai se esfumó, no se atrevía a enfrentarse a mi después de aquello.

¿Por que ella?, ¿como no pude percibir que estaba en peligro?, tanto tiempo ocultandome de mi mismo, descuidando mi poder, no pude salvar lo que más amaba.
Mordí su cuello en un desesperado intento por revivirla, su carne en mi boca, el fluir de la sangre entre mis dientes, su sabor a través de la lengua precipitándose por la garganta destrozaba lo que aún pudiera quedar de mi alma. La cogí en brazos y la llevé hasta el sótano, un paso de estrechos túneles en los que apenas se podía ver el brillo húmedo en las paredes de piedra me guió hasta lo más profundo de la mansión, un lugar donde ella nunca debió estar. La tendí sobre una cama de piedra con cuidado. todavía era ella, todavía podía salvar su recuerdo, hacer que su presencia en mi sueño fuera eterna. Tenía la esperanza de que aquel artefacto tuviera realmente ese poder.
Me acerque a una esquina donde un cofre de madera desgastada y cubierto en polvo lo preservó durante años, lo abrí, y con las dos manos saque las telas que lo envolvían descubriendo aquella maravilla con cierto temor. El cristal de Udum, largo tiempo permaneció escondido, sin un propósito, sin dueño; era una reliquia de los primeros clanes, hermoso y cautivador, un cristal en bruto con forma de daga, imperfecto y brillante en su interior. Nunca pude imaginar que su destino acabara en mis manos de una forma tan insufrible. Me acerque a su cuerpo con el cristal alzado y sujetándolo con fuerza. No quería hacerlo, no deseaba invadir su cuerpo por una remota esperanza. Mi amor, mi dulce amor, tú me liberaste de la locura, me contagiaste de vida, ¿como pudiste amar a un ser tan imperfecto?. Perdóname Naevia.
Clavé la daga en su pecho, el impacto hizo que se elevara por un instante, expulsando un hálito de aire, como si la vida finalmente la abandonara dejando un cuerpo vacío a merced de la fría roca. Caí al suelo cubierto de sangre, cubierto de su olor, de todo lo que fue, de todo lo que me habían arrebatado.

Recobro el sentido, apenas me sostengo en pie fatigado por el dolor que perdura en esta interminable existencia, necesito verla otra vez. El viento golpea con furia a los árboles que crujen al chocar contra las paredes del exterior. Me dirijo hacia el sótano pasando entre los restos de lo que un día estuvo vivo, de lo que un dia tuvo color, no hay otro lugar en la Mansión Desmond que pudiera atesorar algo de valor para mí. Sobre la cama de piedra ahora se encuentra el baúl de madera. Saco el cristal de Udum con cuidado, acaricio sus bordes imperfectos. Un extraño poder mantiene su alma encerrada en el interior, una vida inmaterial que sacia mis más profundos anhelos, nuestra unión hace el vínculo más fuerte, su amor imperecedero, la vida en este mundo más soportable.

Me tumbo al borde de la cama de piedra con la daga apoyada en el pecho, paso la palma de mi mano por el borde más afilado, una brecha perfecta deja caer un hilo de sangre que se desliza lentamente por sus aristas de cristal. Me siento débil, mi cuerpo se hace pesado, mis ojos se cierran. Vuelvo a caer en la ilusión de un sueño profundo para luego encontrarla al despertar.


MEMORIAS DE NAEEM

Continuación: Nocturne

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