Felices

Teníamos que ser felices, pasear por las coloridas calles y demostrar a todo aquel que pasara a nuestro lado que todo iba de maravilla, mostrar una sonrisa convincente, caminar con paso alegre y hablar de forma respetuosa y adecuada. Aun cuando por algún despiste se te olvidara saludar y como resultado te llevaras una brutal paliza, debías de pedir disculpas amablemente.

Claro que la pastilla verde lo hacía todo más fácil. Lástima que la realidad fuera tan distinta, y en lugar de calles multicolor y personas alegres, la podredumbre apestaba en cada esquina y las caras de los transeúntes estuvieran perdidas en la certeza de la miseria.

—¡Buenos días señor Harper!
—¡Buenos días señor Larry! ¿Que tal todo?
—Maravillosamente bien, como siempre. ¿Y a usted como le va?
—Genial, como siempre… Hace un día precioso ¿verdad?
—Y que lo diga.

Teníamos que ser felices, tomarla una vez al día. Decretado por ley por los grandes e idolatrados gobernantes que nos llevaron a esta situación. Cada hombre, mujer y niño tendría la inmensa fortuna de poder vivir feliz toda la vida.

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