Su maldita piel

Lo volví a llamar, caí de nuevo en la necesidad de su piel.

Cuando terminó su copa de vino y se dejó caer en el sofá, ya si camisa, estaba perdida.
Me acerque a el sin poder evitarlo, como si su cuerpo perfectamente delineado tuviese gravedad propia. Me cogió de la cintura y me sentó sobre la suya, no quería mirarlo, no quería engancharme a su mirada furtiva otra vez, por que esta vez, no era la misma.

Pero deseaba hundir mi cara en su pecho y saborear su maldita piel, para sentir por última vez aquel fuego que me envolvía en recuerdos, en excesos y en placer.

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