El contrato vinculante

6 de Diciembre de 2019, 23:00 pm
Avenida Solomon Nº 316, 3ºI

Walter Fink miró de nuevo la tarjeta con las indicaciones, estaba en el lugar correcto. Aún se preguntaba por que había ido hasta allí, si sería algún tipo de broma de sus compañeros de trabajo, en cualquier caso, estaba decidido a averiguarlo. Giró el pomo de la puerta y la empujo lentamente, el interior estaba oscuro y la tenue luz del pasillo no ayudaba demasiado, entró en la habitación y tanteó la pared hasta encontrar el interruptor. La puerta se cerró al tiempo que encendió la luz, tan solo había una pequeña mesa con un televisor junto a la ventana, contrastaba con las paredes amarillentas que rezumaban humedad y los cristales pintados que no dejaban ver nada del exterior.

Walter se frotó las manos mientras se acercaba a la mesa, el vaho que exhalaba se hacía cada vez más denso al igual que su indecisión. Encendió el televisor. Tras una breve interferencia, la imagen se vio con claridad.

—Buenas noches señor Walter, por favor, introduzca su tarjeta por la ranura derecha de la pantalla —Era una chica joven y atractiva, de pelo rubio y corto.
—¿Quien eres?, ¿de qué va todo esto? —Preguntó al tiempo que jugaba con la tarjeta entre sus dedos. Aquello se ponía cada vez más interesante, su curiosidad le hizo seguir el juego. Introdujo la tarjeta y retrocedió un paso, en ese momento la pantalla se volvió negra mostrando un mensaje; “Sr. Walter Fink, 6 de Diciembre de 2019 – Contrato Nº 16”. Segundos después, se inició una grabación en la que se podía ver a un hombre en un callejón oscuro, la imagen estaba en blanco y negro, parecía ser de noche.

Aquel hombre estaba apoyado en la pared fumando un cigarrillo. Enseguida se dio cuenta de que vestían de forma idéntica, la misma cazadora de cuero, la misma gorra… «No puede ser», pensó. Acto seguido, una mujer apareció atravesando el callejón con cierta prisa, tenía el pelo claro y largo que ondeaba a cada paso, de repente, el hombre se le echó encima y en una fracción de segundo la derribó sin demasiado esfuerzo.
Unos finos copos de nieve caían sobre un suelo ya mojado con pequeños charcos que reflejaban las piernas de aquella mujer intentando zafarse, el humo del cigarro se resistía a desvanecerse bajo la luz de la única farola de aquel callejón, tan solo había ladrillo y asfalto, nada a lo que pudiera agarrarse, ni una piedra con la que defenderse, únicamente su bolso, que golpeó contra el brazo de aquel hombre hasta que se rompió por el asa esparciendo las llaves, el móvil y otras cosas a su alrededor. Una hoja de metal brilló sobre su cabeza, un metal tan frío como la calle a medianoche, una extensión de su brazo que se alzaba lentamente al tiempo que la mujer tapaba su rostro con las dos manos, se notaba su llanto y agonía en los temblores del estómago, en vanos movimientos de quien sin duda, no quería rendirse a un fatal destino. El cuchillo se hundió en su pecho, una y otra vez, hasta que dejó de moverse. la imagen se cortó y apareció de nuevo la señorita de rostro inexpresivo.

Walter se echó las manos a la cabeza, se dio media vuelta, caminó en círculos al tiempo que intentaba dilucidar la situación.
—¿Que demonios significa todo esto? —Gritó parándose en seco frente al televisor.
—Cálmese señor Walter, y preste mucha atención a lo que voy a decir —La chica, de una elegancia impecable, se sentó tras una mesa blanca—. Cómo ha podido observar en la grabación, hoy, usted se ha convertido en un asesino.
Al tiempo que hablaba aparecían varias imágenes del aquel hombre entrando y saliendo del callejón y una última en la que se veía como llegaba al edificio donde se encontraba en ese momento. Unas luces rojas y azules intermitentes se dejaban entrever tras la ventana tintada.
—Ahora tiene que tomar una decisión. Es sencillo, siga nuestras instrucciones y las imágenes desaparecerán.
—No, no, no, esto no puede estar pasando, ¿Qué jodida broma es esta?, ese de ahí no soy yo —gimoteo con desesperación. Las luces se hacían más intensas.
—Se le acaba el tiempo señor Walter, diga “acepto” en voz alta y continuaremos con el proceso.

La inquebrantable frialdad y serenidad de la chica le horrorizaba, le temblaba todo el cuerpo y no podía pensar con claridad.
—¡Acepto, acepto joder —Gritó de nuevo golpeando la mesa.
—Perfecto, su validación ha quedado registrada. Ahora coja el auricular que hay tras la pantalla y póngaselo —Walter obedeció—. Salga de la habitación y diríjase a la puerta que hay al final del pasillo, ábrala, cuente hasta diez y baje hasta el aparcamiento —Le sudaban las manos, su corazón quería abrirse paso a través del pecho, bajó intentando no hacer demasiado ruido— ahora suba al chevrolet negro que hay a su derecha. la contraseña es 192300, siga las instrucciones y todo irá bien, tiene una hora —La conexión se cortó.
Había una carpeta marrón en el asiento del copiloto, con una dirección y los pasos a seguir. Arrancó el motor y se puso en marcha.

Walter Fink trabajaba como ingeniero programador en “Sechcom Industries” una de las empresas de seguridad con mayor relevancia del país. tenía una vida tranquila en un céntrico apartamento cortesía de su empresa que compartía con un gato y una interminable colección de cubos de Rubik perfectamente colocados por todo el salón. Su reducido grupo de amigos se centraba únicamente en el ámbito laboral. Era especialmente curioso y perseverante, cualidades que siempre lo guiaban a solventar cualquier tipo de problema, por muy difícil que pudiera parecer. El tímido informático que tan sólo destacaba en dotes intelectuales, siempre llegaba hasta el final.

Puerto Amberes.
00:00 pm, Muelle 34

Llegó tan rápido como le permitió la tormenta de nieve, aún tenía tiempo pero resultaba difícil ver con claridad a través del parabrisas. Tardó unos minutos hasta que dio con el Big Calafat, el yate que estaba buscando. Al bajar del coche el viento lo golpeo obligandolo a cubrirse la cara con el brazo, el frío cortante se introducía por cada costura de su ropa, no iba preparado para una noche así, no estaba preparado para aquella noche. Subió torpemente por la pasarela intentando no caer por el costado. Llegó a la cubierta principal y vio una puerta abierta. Aquel ostentoso yate tenía tres pisos y estaba totalmente iluminado. Entró cuidadosamente hasta lo que parecía ser el vestíbulo principal.

La nieve se había adentrado unos metros, mezclándose con un charco de sangre cristalizado que rodeaba a un hombre abatido por un tiro en la cabeza.
—¡Joder, joder, joder! —Walter se sobresaltó.
Intentó no mirar aquel hueco perfectamente circular de su frente, se apoyó sobre sus rodillas y respiró hondo conteniendo las arcadas. Pasó por encima del cadáver y se dirigió a la bodega sin detenerse. Todo el camino a su paso estaba patas arriba, lleno de cuerpos, algunos con signos de lucha, otros con dos o tres disparos… tan solo sangre y silencio. Bajó hasta el nivel inferior donde estaba su objetivo, una sala de servidores aislada. Todas las medidas de seguridad y los que custodiaban aquel lugar habían sido reducidos por alguien que sin duda, utilizó los medios más agresivos para dejarle el paso libre. Se conectó al terminal principal y pirateó su sistema de seguridad en menos de dos minutos, extrajo los datos en un pen-drive y salió apresuradamente de aquel imprevisible caos.

La tormenta parecía haberse calmado, desde la cubierta se podía distinguir el mar iluminado por una ciudad ajena a los macabros propósitos de aquella mujer tras la pantalla. «¿Quién demonios era esa chica?¿por qué joder, por que me tiene que pasar esto a mí?», se preguntó mientras miraba el pen-drive.
El sonido de un helicóptero lo alertó, le puso especial atención y notó que se acercaba cada vez más, marchó corriendo hacia la pasarela para salir del barco cuando de pronto, una docena de coches con luces policiales irrumpieron de la nada y lo rodearon. El helicóptero se acercó a escasos metros sobre su cabeza y lo acorraló en un foco de luz, los copos de nieve que volaban a su alrededor se evaporaron al instante. Le invadió una sensación de pánico, de calor, de angustia, y de la certeza de que todo el peso de aquel rastro de muerte caería sobre el. Los agentes salieron arma en mano y le apuntaron, que maldiciendo y antes de que se lo exigieran, se hincó de rodillas frente a la pasarela con las manos en la nuca.

Nunca pudo llegar a imaginar que aquella situación que tan solo había visto en el cine, le pudiera estar pasando a él. No le dio tiempo a pensar, tan solo a reaccionar ante una situación insalvable. Tenía un contrato y Walter cumplió su parte.


Autoría: Rubens FM. Todos los derechos reservados. ©

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