Nada que Perder

CAPÍTULO 1

Robert llegó a las tres en punto a la cafetería Dely-anne, abrió la puerta delatándose con el sonido de una campana que había tras ella. Era un lugar de reunión tranquilo, decorado en colores vivos y con aspecto familiar, en la barra casi repleta de recipientes con repostería, había tres hombres bien trajeados tomando café y en silencio. Robert miró a su derecha, y entre una fila de mesas y sillones con tapicería roja, vio a Cristina sentada y cabizbaja con una taza de té entre las dos manos.

Tras un breve suspiro, comenzó a caminar hacia ella sin apartar la mirada de su precioso pelo rizado y castaño que cubría casi todo su rostro. Cuando llegó a ella se sentó sin decir nada y dejo sobre la mesa, justo entre los dos, una caja de color negro, del tamaño de un paquete de cigarrillos. Cristina levanto la cabeza y lo miró a los ojos.
— Estoy cansada Robert, necesito que termine. — dijo con voz suave y en un tono despreocupado. Mostraba indiferencia, su cara tenía un aspecto cansado, con los pómulos hinchados y enrojecidos.
— ¿Que es esto?. — preguntó cogiendo la pequeña caja.

Cristina y Robert pertenecían a dos organizaciones criminales que se dedicaban a robar a empresarios de alto nivel. llevaban ya demasiado tiempo de motel en motel y haciendo kilómetros sin un destino fijo. Se conocieron cinco años atrás en una subasta privada donde las dos partes tenían como objetivo robar la joya Yasakani, una de las antiguas reliquias imperiales de Japón.

Robert, como infiltrado, dirigía la subasta. Tenía un especial talento para el engaño, adoptar distintos roles y suplantar identidades. El último lote era la gran estrella del evento, la Joya Yasakani, todos los asistentes la contemplaban maravillados y hablaban entre ellos sin prestar demasiada atención a las indicaciones del subastador.

Cristina estaba sentada entre los asistentes, haciéndose pasar por Elisabeth Cabin, una Licitadora invitada conocida por su inmensa fortuna. Levantó su tablilla para ser la primera en pujar, pero notaba que algo no iba bien, el subastador debía hacer una señal para comenzar con el plan, fingir un fallo técnico de sonido, distraer al personal de seguridad y hacerse con el control de la sala. En ese momento, se abrió la gran puerta de entrada, todos miraron hacia atrás, Cristina, confusa, se puso en pié y escucho un clic seguido de otro, reconocía muy bien ese sonido, una anilla de metal que precedía a un inevitable desastre, puso la mano sobre su pistola con la intención de sacarla del cinturón, miró hacia el atril y vio que el subastador había desaparecido junto con la joya. Dos granadas entraron rodando hasta la mitad de la sala, el ruido del metal contra el suelo, rebotó en cada una de las altas paredes de piedra de la sala, haciéndose eco ante el silencio y la incertidumbre de los invitados. No le dio tiempo a sacar el arma. La luz cegadora y un ruido ensordecedor la hicieron caer junto a todos los que estaban allí, le sangraban los oídos y presión en la cabeza era tan intensa que apenas podía moverse u oír nada. Se desmayó.

Al día siguiente despertó en una habitación desconocida, las paredes y el techo eran de madera y tenían un aspecto descuidado, había una ventana desde la que se podía ver una enorme árbol con casi todas sus hojas caídas, era de día, pero estaba nublado y la sensación de humedad se notaba en el aire. Intentó incorporarse pero tenía las manos atadas al cabecero de la cama, forcejeó en vano, haciendo demasiado ruido y la puerta se abrió.

Robert entró, llevaba unos pantalones militares y una camisa de tirantes blanca a pesar del ambiente frío de aquella habitación, Tenía pequeños cortes en la cara y el brazo izquierdo que parecía haber limpiado recientemente. Cogió una silla y se sentó frente a la cama.
— ¿Para quién trabajas? —. le preguntó.
Cris lo reconoció al instante. — Tu eres… eres el subastador!.
— ¿Por que te hiciste pasar por Elisabeth Cabin?—. Robert mantenía una postura confiada y serena, sabía perfectamente quien asistió a la subasta, memorizando sus perfiles, sus caras. Era su trabajo.
— Creo que los dos sabemos por que estaba allí. Por lo mismo que tú.
— Entonces, trabajas para Normandía, había escuchado que también estaban interesados en la Joya, pero no esperábamos que actuasen así, ese no es su método, tirando granadas flash y matando a todo el mundo.
— Espera un momento, no, ese no era el plan, un dron a control remoto debía llevarse la caja con la joya tras una distracción. algo salió mal, muy mal, no nos dio tiempo ha hacer nada. ¿dices que los mataron a todos?
— Sí, justo después de las explosiones.
— Pero, ¿como lo sabes? y ¿por qué estoy aquí?, yo no tengo la joya, desátame! —. Cris intentó soltarse de nuevo.
— Justo debajo del atril de madera, había un hueco y allí me escondí hasta que paso todo, una bala me rozó en el brazo atravesando la madera, tuve suerte. Cuando salí, te vi rodeada de sangre, pero no era tuya, tenías un arma en el cinturón y sabía muy bien que no eras del grupo de seguridad así que, fui a registrarte cuando, note que aún respirabas. Te traje aquí porque quería respuestas, pero parece que los dos sabemos lo mismo. No tengo nada contra ti.
— Entonces desátame, déjame que me valla y le explique todo a Normandía, el se pondrá en contacto con tu jefe y buscaran una solución.
— Lo dudo mucho, mi jefe no es como el tuyo, y no sabemos nada de quien asalto la subasta ni el porque.
— No puedes retenerme aquí! —. Cris levantó la voz, enfadada y tirando de las cuerdas.
— Tal y como lo veo yo, esta es la situación. Ninguno de nuestros cuerpos está allí, ni la joya tampoco, lo mas probable es que nuestros cuerpos jefes crean que la tenemos alguno de nosotros, y créeme, nos buscaran. Cualquier intento de racionalizar con ellos no servirá de nada.
— Entonces la tienes tú —. Dijo rindiéndose sobre la cama ante la lógica de robert, miró hacia el techo, respirando hondo.
— Hay dos opciones. Te desato y te vas, intentas encontrar a tu jefe y le explicas todo lo que ha pasado con la esperanza de que te crea. O te desato, y los dos nos escondemos hasta que esto se calme y podamos negociar con la Joya.

Robert se acerco a la cama, ella parecía en calma y no dijo ni una palabra más, la desató y le entregó una sudadera, le dio la espalda y ella con una rapidez extraordinaria le cogió la pistola del cinturón. Robert se dio la vuelta y la miró a los ojos, podía percibir su ira mientras lo apuntaba a la cabeza. Cristina sujetaba el arma con las dos manos, a dos pasos de el. Sabía que estaba en esa situación por su culpa, si la hubiera dejado allí… Pero en ese momento, en ese punto muerto, ella sin nada y sin nadie a quien acudir, y el, con la joya y un sitio donde quedarse, tenía que abandonar su impulso más inmediato y pensar con claridad, bajó su arma y se sentó en la cama. Robert se quedó mirándola unos segundos y salió de la habitación.

Los dos sabían que la relación con sus organizaciones había terminado, que en esa trágica operación, donde las cosas deberían haber salido de otra forma, habían perdido amigos, y la posibilidad de pensar en un futuro diferente. Se dejaron llevar por la lógica, aislados a conciencia en una pequeña casa de madera, y por la irremediable certeza de la necesidad de estar juntos para mantenerse con vida.

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